La queja más común en oficinas y salas de juntas es “la operación nos gana” o “la operación nos come”. Esto sucede porque los líderes viven en ejecución, en juntas operativas, en temas urgentes y en la lista de problemas por resolver.

No se trata de teorías; la realidad lleva a pensar al CEO: ¿dónde debe invertir su tiempo, en la ejecución o en la reflexión estratégica?

El tiempo de ejecución tiene ventajas: además de tomar decisiones y resolver problemas, la ejecución proporciona endorfinas, cortisol, dopamina y demás, y tiende a posponer, justificadamente, los grandes temas estratégicos difíciles. Así se glorifica la ejecución. Estar ocupado es sinónimo de lograr cosas, aportar valor, liderar.

Pensar estratégicamente significa cuestionar supuestos, identificar patrones y tendencias (oportunamente), anticipar escenarios con sus respectivas respuestas y también decidir qué hacer y qué no hacer; estos constituyen el trabajo que el CEO no puede delegar fácilmente.

Para un líder, un CEO, ejecutar significa alinear a la organización en torno a la visión, asignar recursos y asegurar que la estrategia avance según lo planeado. Pero en todo esto, debe dejar que su equipo asuma sus responsabilidades y dedicar tiempo a pensar.

El líder sobreejecuta cuando el equipo depende del CEO; esto significa que en realidad no hay equipo y puede ser porque no hay una estructura de organización propiamente dicha. Es una “organización solar” en la que el CEO es el sol y todos sus colaboradores —los planetas, lunas y asteroides— le reportan a él y solo a él.

Los excesos también se producen en el otro extremo: mucho análisis, múltiples escenarios, más y más datos, pero la decisión no llega. Se busca eliminar la incertidumbre inherente a una decisión al acumular más y más información. Todo eso es un exceso de pensamiento; deja de ser estratégico y se convierte en procrastinación.

El pensamiento de negocios consiste en ver la empresa desde afuera, desde la perspectiva del cliente o de un inversionista, para ubicarla en su contexto: la industria, la economía, el país y, ahora, con más frecuencia, en el panorama internacional. Solo así se prepara y se hace el cambio; no es pasar entretenido todo el día en rutinas, sino ajustar oportunamente el rumbo.

Y tú, ¿cuánto tiempo le dedicas a pensar en el futuro de tu empresa?