Continuamente tomamos muchas decisiones sobre asuntos y temas diversos. Desde qué comer para el desayuno hasta qué carrera escoger, cómo invertir, qué automóvil comprar. Luego están las decisiones de los negocios, inversiones, adquisiciones, lanzamientos y contrataciones.
Con seguridad y convicción creemos que tomamos las mejores decisiones, para luego encontrarnos con las consecuencias de lo que no fue la mejor decisión.
Por lo general, para decidir usamos atajos mentales, también llamados heurísticas, que nos permiten tomar decisiones rápidamente, pero no siempre lo más rápido es lo mejor.
Los psicólogos y economistas han encontrado que la rapidez al decidir sobre cualquier cosa genera sesgos o desviaciones sistemáticos sin aportar los mejores resultados.
Algunos sesgos más comunes son:
- Confirmación. Sólo vemos lo que refuerza nuestras ideas actuales.
- Aversión a la pérdida. El miedo a perder algo pesa más en la decisión que la posibilidad de ganar, aunque sea algo muy mayor.
- Exceso de confianza. Creemos saber más de lo que realmente sabemos. Igual creemos que podemos hacer mejor las cosas que lo que en realidad podemos.
- Disponibilidad. La facilidad con la que se recuerda algo nos hace creer que existe la posibilidad de que suceda.
- Anclaje. Consideramos lo primero que vemos, escuchamos o leemos como lo más importante a la hora de decidir.
- Status Quo. Preferimos mantener las cosas, aunque no funcionen bien, no moverle, aunque haya mejores soluciones.
Por supuesto estos sesgos son inconscientes, no nos damos cuenta como influyen en el momento de decidir. Los expertos recomiendan algunas prácticas para mejorar el porcentaje de bateo de las decisiones. La más común es hacer una pausa antes de decidir, pensar con calma, guardar las emociones. Otra alternativa es tener claras las opciones, anotarlas y ranquearlas contra tus prioridades.
A veces es útil pedir una segunda opinión. Por ejemplo, ante la posibilidad de una cirugía mayor lo más común es pedir una opinión adicional. Así esta práctica puede usarse en otros temas de la vida.
Hay aspectos de la vida o los negocios en los que tomamos mejores decisiones. Un ejercicio interesante consiste en analizar por qué en ciertas áreas somos mejores para decidir.
Lo contrario al decidir de prisa y con sesgos es la tentación de posponer y postergar (procrastinar) las decisiones. El objetivo para decidir mejor es evitar los sesgos, no la parálisis de las decisiones.
Al final lo que se busca, tanto en lo personal como en las corporaciones, es construir mejores hábitos de decisión de manera constante.
Y tú, ¿has identificado tus sesgos? ¿Cómo mejoras tu proceso al decidir?
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